Cuando un proyecto con IA sale mal, es tentador culpar a la “alucinación”. Pero la mayoría de las veces el modelo hizo exactamente lo que le pedimos. El problema es que le pedimos algo vago.
Un problema viejo, ahora a toda velocidad
Durante décadas, el cuello de botella del software fue humano: el trabajo llegaba ambiguo a quien lo implementaba, y la lentitud de escribir a mano actuaba como freno natural. Había tiempo para preguntar, dudar y corregir sobre la marcha.
La IA elimina ese freno. Ahora puedes implementar mal, en minutos, lo que antes tomaba días. Le pides “un sistema de login” y te entrega uno impecable… que no contempla el reseteo de contraseña, ni el bloqueo por intentos, ni el caso límite que sí importaba en tu negocio. No alucinó. Adivinó — porque no se lo dijimos.
La IA no necesita que le hables más bonito. Necesita que le digas exactamente qué construir.
La salida no es frenar la IA. Es darle un contrato
Una especificación clara —qué se construye, para quién, con qué criterios de aceptación y qué queda explícitamente fuera— convierte la adivinanza en ejecución. El modelo deja de rellenar huecos con supuestos y empieza a cumplir un contrato. Y de paso, ese mismo contrato le sirve al equipo humano para revisar, probar y mantener.
Ninguna funcionalidad nace de un ticket de una línea
Cada historia parte de un objetivo, criterios de aceptación en formato BDD y las restricciones explícitas. La especificación es el contrato entre negocio, producto y código.
Así la IA no adivina: implementa lo que acordamos. Y lo que queda fuera, queda fuera a propósito — no por olvido.